(Ojeando cosas que me inspiren para escribir, buscado escritos que me sirvan para terminar algunas cosas, encontré este texto de un Boletín de Colectivo de Trabajo Periodismo del 2008. Aquí lo comparto).

No podemos vivir eternamente rodeados de muertos y de muerte.

Y si todavía quedan prejuicios hay que destruirlos

‘el deber’, digo bien, EL DEBER del escritor, del poeta, no es ir a encerrarse cobardemente en un texto, un libro, una revista de los que ya nunca saldrán, sino al contrario salir afuera para sacudir / para atacar a la conciencia pública, si no ¿para qué sirve? ¿Y para qué nació?”. Antonin Artaud

“Hay dos maneras de leer un libro. Puede considerarse como un continente que remite a un contenido, tras lo cual es preciso buscar su significado. Pero hay otra manera: considerar un libro [o cualquier texto] como una máquina asignificante cuyo único problema es si funciona y cómo funciona. Esta otra lectura lo es en intensidad: algo pasa o no pasa”. Gilles Deleuze

“Salud y que la pluma sea también una espada, y que su filo corte el oscuro muro por el que habrá de colarse el mañana”. Subcomandante Insurgente Marcos

Es difícil encontrar en la actualidad documentos que conciten la atención de muchos/as a los/as que busca llegar, que generen preguntas, que pongan en acción al lector, que resuenen en un exterior, que funcionen. Textos que construyan argumentos, abran debates, posicionamientos y nuevas lecturas –que amplíen por qué no, los bordes de la política-. Todo es espectáculo y consignas. Esto da por resultado que nos hemos quedado al parecer, sin textos políticos. Y la universidad no escapa de esto. Es más, parece moverse placidamente con esta escasez y ausencia, ya que uno de los discursos de verdad más fuertemente construidos en el sistema universitario es la separación entre “lo político” y “lo académico”, que conlleva e intenta justificar la distinción jerárquica y desigual en relación al saber, entre aquellos que lo poseen y deben trasmitir y aquellos que no lo poseen. Así, se trata de presentar una “academia sin política” (¿acaso no es esta separación un efecto de verdad del “discurso científico”?).

Desde una mirada crítica, podemos entender esta separación como uno de los dispositivos más aceitados de saber-poder y no como “legitimidad” del saber académico o “consenso” alcanzado dentro de la institución. Tal vez, podamos encontrar ahí más de desacuerdo, de tensiones, de algo negado, de conflictos, antes que una relación de simetría entre interlocutores y un esquema ideal de “acción comunicativa” que los lleva al “buen entendimiento”. No jodan, lo común, la igualdad y participar, son otra cosa.

Esta dinámica descripta, alimenta una producción actual de discursos de y en formula anti-política, fragmentaria y deshistorizada –con palabras vencidas y miradas encorsetadas-, que marca quién puede hablar y quién queda excluido del reparto de la palabra; que estanca y obstaculiza al texto político y a un pensar colectivo. De lo que se trata es de trastocar, distorsionar ese orden de los repartos.

Creemos que no falta “tradición de escritura” ni tampoco ecuaciones prefabricadas de comunicación, sino que falta asombro, desacomodo, novedad, invención.

Y falta hacer que el texto sea parte de lo que relata, que sea un intensificador y no sólo su crónica. Pensamos en un documento, en volver -o empezar- a ejercitar la potencialidad de un texto político. Texto que es, o puede ser, relato, testimonio, manifiesto y programa. Texto que es espada, martillo, intervención, acción política, deseo.

Volver y empezar a levantar el guante. Una vez más. Esa es la apuesta.

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