Reseña: “Víctimas del Baile”  muestra de Falo papas (Augusto Turallas)

23 de noviembre – Galpón de Encomiendas y equipajes de La grieta (18 y 71 – La Plata)

 Disponible en Síntoma curadores

por: Matías David López

falo

¿Por un nuevo canon?

El “rock platense” tiene sus hitos y sus mitos. Alguien me contó alguna vez que estuvo cuando Luca Prodán tocó en la ciudad con Patricio Rey. Yo estuve entre el público en los

primeros recitales de El Mató a un policía motorizado, Norma y Sr. Tomate! allá por los años 2004 y 2005 -que para mí son zarpados hitos!-.

Pero, del lado de los mitos se construyen ciertas visiones historiográficas (temporales, casi lineales, casi episódicas) que dicen que la movida rock en la ciudad se gestó hacia fines de los 60’ con La Cofradía de la Flor Solar; que a inicios de los 80’ tomaron el relevo Los Redondos y Virus, alcanzando gran popularidad -“masividad”- y rotación en las radios cuando migraron a Buenos Aires; que en los 90’ el punto máximo se da con Peligrosos Gorriones -“elegida banda revelación del 93 por el Suplemento Joven de Clarín”-; y en los 2000 Mister América primero y luego el “indie” desarrollaron la Historia que llega hasta nuestros días. Hay músicos y también habladores y escribas -en el mejor de los sentidos- que abonan y sedimentan esta visión. Es la que generó cierto canon de cómo “se hizo”, devino y es el rock platense; planteó -y buscó legitimar- cuáles son los parámetros para entender la “cultura rock” (y, por ejemplo, comparó a la “escena” de La Plata con el Manchester del pospunk). A su vez, esta mirada empalma rock a juventud, cerrando el círculo: primero, el rock -la cultura rock- es la expresión más importante por sobre otras -las artes visuales, el graffiti, la literatura, el fútbol, el teatro y las artes escénicas-; y luego, en lo musical también -despojándose así de la cumbia, del folklore, del candombe, del rock stone y del metal-. Así la cultura rock es la cultura joven en la ciudad.

Todo encaja con cierta armonía -la de los hechos consumados y conocidos-, la del discurso que construye representaciones a adoptar. De aquí salen modelos y moldes, (in)posturas y recortes, se arma “la escena”, se ponen a prueba las “esencias”, se construye una identidad y se de-marca -los términos y actores de- una “época”.

Si La Cofradía -con influencias del situacionismo- cuestionaba la representación en favor de la expresión y la presentación (el acto como un fin en sí mismo, el medio como un fin o un objetivo). Ahora recurrimos y nos encarrilamos en las formas de representación. Momentos, estos, de elocuencia y “acuerdo”. Si Moura planteaba no querer ver la ciudad con una onda determinada, en la última década en La Plata -donde se dio amplia difusión a esta Historia de la cultura joven-, nos encerramos en una onda determinada y que determina. De esta manera, se acentuaron las ideas de “aldea”, de medidas justas e ideales de la ciudad, de “semillero de bandas” de “escena consolidada” -escena en donde muchos espectan, para tomar una palabra de Guy Debord- y de un recorte “epocal”. Hoy existe un convivencia y dependencia entre los que “hacen rock” y los que “escriben y hablan sobre rock”. Ahí parece haber una articulación.

Pero también hubo y hay intentos de generar otras miradas, un perspectiva si se quiere genealógica -que no rechaza la historia pero se resiste a las linealidades- que va a los saltos, construye de a trozos, con lo que tiene disponible, teniendo presentes las afinidades y también las diferencias; lo hecho y lo no cerrado y, quizá, que no se puede cerrar. Aquí la cultura rock, lo joven, la escena, las identidades son una promesa por cumplir y un problema a desentrañar y complejizar; son certezas y ambivalencias. Por lo tanto, no son prácticas, elementos y categorías a canonizar o disponibles para armar postales. En y sobre ellas habrá que preguntarse por lo que generan y reparten y por lo que no generan y excluyen; por su plasticidad y estéticas, y por su politicidad y éticas.

Ambas posturas aportan lecturas y sentidos. Contribuyen a los discursos sociales: periodísticos, académicos, musicales, de sentido común sobre la cultura joven. Pero ¿y el canon?, ¿lo necesitamos? ¿precisamos uno nuevo? Quizá sí, sólo a condición que no estabilice, no esencialice ni tranquilice lo que es movimiento -casi una de las invariables de lo canónico-. Y a su vez, plantee la politicidad -la inscripción y potencialidad crítica y transformadora- de toda práctica y producción cultural.

Tocar… pintar y escribir

Ahora, algo que dejamos entrever más arriba, sobre la relación entre el rock y otras expresiones que se dan en la ciudad. ¿Cómo se constituye la articulación entre la escena rock y otras escenas tanto musicales como de otras expresiones (las artes visuales, la literatura y la poesía, por dar dos ejemplos). ¿Hay articulaciones y confluencias o esas expresiones integran la escena rock -como en muchos eventos se sugiere, por ejemplo en “Ciudad Alterna”-? ¿La escena rock articula al resto? ¿Ese resto se siente dentro de esa cultura rock? ¿O son puestas sólo como ornamentos “entre banda y banda” o en un “escenario paralelo”?.

Podemos entender y plantear que la escena del rock local es la más conocida, la que tiene ilustres referentes en la ciudad y en el país. Pero la emergente (y cada vez más consolidada) escena de artes visuales -una amplitud que va desde lenguajes y formas como las pinturas y grabados, hasta instalaciones, “video-instalaciones” y fotografías; que comprende un circuito de galerías, espacios y curadores(1)-, así como la reciente emergencia de una nueva escena de la literatura y la poesía -expresada en emprendimientos editoriales, recurrentes presentaciones de libros y revistas, así como espacios y ciclos específicos destinados a estas artes de la palabra(2)- podría hablarnos de escenas con sus propias lógicas y estéticas, que no necesariamente tendríamos que integrarlas a la cultura rock, incluso entendiendo que ésta no es solo “hacer música”, sino que se constituye y afirma en sentidos, posturas, con palabras que no son canciones y afinidades.

La Plata no se acaba nunca

A fines del año pasado leí una crónica -en el diario De garage, el espacio de comunicación gráfica y virtual más interesante para seguir la escena de rock- que repasaba todo lo que había sucedido en el 2012 en relación a la escena cultural alternativa de la ciudad. Allí se afirmaba algo que me puede parecer lindo pero que no puedo aseverar… “La Plata aloja un mundo subalterno donde se reproduce el circuito independiente más potente del país”. Me parece que esa primer postura que mencioné antes y que canoniza la cultura rock de la ciudad, piensa en estas cosas y de este modo; en “lo más”. Además, esa nota cerraba con una afirmación que aquí lo planteamos como interrogante: “Una permanente fusión entre ramas artísticas que lo único que logra es postular a la época actual como trascendental.” La fusión, o como aquí nombramos, la articulación, los cruces, las convergencias entre expresiones artísticas y culturales en la ciudad parecen más incipientes que consolidadas. Planteando estos grises, estas tensiones, podemos celebrar “la fiesta” que es ese gran movimiento heterogéneo de la cultura alternativa -¿alternativa a qué?, ¿popular? ¿joven?- de la ciudad, integrada por centros culturales autogestionados y radios comunitarias, bandas de música, poetas y literatos, artistas plástico-visuales, interventores y pintores callejeros, galerías, galeristas y curadores, talleres de producción y pequeños espacios de cultura.(3) Como propuesta para seguir la conversa y reflexión, podemos plantear una hipótesis productiva: que no hay que cargar todas las expresiones culturales en el haber de la cultura rock.

Víctimas y sujetos

Esta reseña es sobre una trama -así lo intentó desde ese inicio analítico- y específicamente tiene que hablar sobre una muestra que oportunamente sirve para plantear algunas preguntas que se vienen ensayando. “Víctimas del baile”, muestra de tapas alternativas de discos de bandas de rock local que desarrolló Augusto Turallas, integrante del colectivo Falo Papas, se inserta en estas discusiones. Busca construir su propio recorte, haciendo una propuesta “epocal” al tomar las últimas dos décadas de bandas, de obras musicales y discográficas: desde el disco inicial de Víctimas del baile en 1993 hasta los recientes “Apostasía” de Crema del cielo y “Vol. I” de Güacho.

La muestra está integrada por doce grandes bastidores de 1,5 m x 1,5 m que emulan el formato de un CD a gran escala; quizá esa decisión se deba a que esa forma es con la que mayormente adquirimos música en esos veinte años que recorre la exposición (que pasamos y mezclamos el cassette, el compact disc y los formatos inmaterializados del mp3 descargable y copiable y las escuchas desde la “nube”).  Las obras de Turallas están realizadas en acrílicos y en su mayoría además están barnizadas. La idea de laquear remite a lo sintético y perdurable de las impresiones digitales, como por ejemplo, en las tapas y los libritos de álbumes de música. Pero hay dos cuadros-tapas que no tienen ese tratamiento de brillo y quedan con un look “satinado mate” con dos plenos rojo y azul de fondo. Además del gran formato, hay otra decisión curatorial: la no referencia documental de las tapas “originales” que esos discos; lo que invita a curiosear por bateas, pilas de discos o por la web en busca de ellas. Y otra decisión más, que la muestra se inicie en su propuesta de recorrido con un cuadro-tapa de una banda que tal vez no exista más allá de la muestra /o desconocida /o que pocos saben de su existencia /o que ni siquiera tenga un disco es provocadora; con lo cual ese cuadro funciona como iniciador de una propuesta visual de “arte de tapa” para una banda ¿nueva?. Se puede encontrar allí un vínculo entre la escucha (futura) y la visual (presente), entre lo audible y lo visible. Y abre la posibilidad también de algo por-venir.

La idea-eje de la muestra es pensar el rock también como un arte visual. Como dijo el propio artista en recientes entrevistas aparecidas por la inauguración de la muestra, “El rock es un ritmo perfectamente bailable, y todos los que disfrutamos del género somos víctimas de eso. Hay un ritmo muy del rock que cuando aparece te inventa la necesidad de movimiento. Ese ritmo es una educación, un asunto que empezó en el occidente de posguerra y se fue extendiendo de a poco y haciendo bailar, y transpirar, y emborracharse y coger y chocar el auto a varias generaciones. Y si querés me pongo paranoico y te digo que hay dos maneras de someter al hombre: hacerlo laburar hasta que se caiga muerto, o entretenerlo hasta que también se caiga muerto. Ahí es donde el baile nos transforma en sus víctimas. Y lo disfrutamos, claro.” Así, la idea de víctimas viene a jugar con lo que el rock hace con nosotros, la invitación casi irresistible de bailar, una invitación al choque, a la rotura. Pero no sólo lo que el rock como música bailable nos induce, sino lo que “el sistema” -espectacular y tecnocrático- produce, en tanto formas de dominio que aceptamos. Sin embargo, en esa posibilidad de baile, de disfrute y de goce se encuentra la potencialidad de cuestionar y reinventar esas formas de poder. Activar, performatizarse, hacer acto al verbo -y a la canción, y al disco y sus tapas- producirse sujeto para salir de la sujeción.

(1) Algo de esto se analiza en un trabajo que se editará a fin de año y que releva la actual escena de artes visuales en la que confluyen prácticas de producción artística, prácticas de gestión de espacios y prácticas curatoriales. López, Matías David. “Lugares de vida. Nueva escena de espacios culturales emergentes de exhibición en la ciudad de La Plata” en  Fernández, Mariano y López, Matías David. Lo público en el umbral. Los espacios y los tiempos, los territorios y los medios, La Plata, IICom-UNLP, 2013.

(2) Pensamos en las recientes apuestas de Club Hem Editorxs, Pixel editora, Librería y estantería Malisia, los eventos “Capricho”, “Triciclo” y “Ciclo Semilla”, y las andanzas de Festín Mutante, entre otros.

(3) Una buena entrada para la discusión sobre la “cultura joven” y las políticas culturales sobre ésta se encuentra en Síntoma Curadores y Daniel Badenes. “Reseña #04. Festival Arte Joven 2013”, agosto 2013. Link: http://issuu.com/sintoma/docs/resena_04

:: Links ::

Esteban Rodríguez. Por los caminos del rock, Mar del Plata, Ed. Azulpluma, 2009.

Patricio Cermele. Yo no me caía del cielo. Redondos: genealogía de una postura, Buenos Aires, Ed. Milena Caserola, 2013.

Matías David López. “La organización de la cultura. (Notas a propósito de la muestra ‘Todavía no llegó el cocinero – Ruta 5’), blog hartoandar, diciembre de 2012. Link: https://hartoandar.wordpress.com/2012/12/30/la-organizacion-de-la-cultura-notas-a-proposito-de-la-muestra-todavia-no-llego-el-cocinero-ruta-5

Síntoma Curadores “Reseñas”, 2013. Link: http://issuu.com/sintoma/docs

La Fábrica de manteca, FM provincia 97.1

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