image6 am. A esa hora arribó el vuelvo al aeropuerto internacional Jorge Chávez. Horario peruano. Creo que dos horas menos que en Argentina. Fueron dos vuelos. Hubo una escala de varias horas en Córdoba -esas estadías breves en aeropuertos que muchos hacen para aprovechar ofertas de líneas aéreas, que Lima, que México DF, que algunas ciudades de EEUU… muchos realizan ese esfuerzo de dormir mal por buenos descuentos.

El aeropuerto -grande, bullicioso, movilizado- no queda en Lima, sino en una otra localidad llamada Callao, que según decía el comandante del avión, se encuentra a unos quince minutos de Lima.

Intenté comprar un pasaje de avión para llegar a Cusco y así seguir la racha aérea. Pero no cabe en el presupuesto de este viaje. 91 dólares es un buen precio, pero es sólo para locales. Para los extranjeros se va a 240 dólares solo ida a Cusco, sin contar el 35% para los argentinos si no se paga en efectivo. En mi caso no cerraba por ningún lado. Demasiado para quitar al poco efectivo. Demasiado para pagar con tarjeta de crédito “en una sola cuota” como me recordó la telefonista de MasterCard. Intente también un llamado telefónico, pero creo que con las monedas que tenía no alcanzaba para un llamado local. Intente conectarme a internet -no hay wi fi en el aeropuerto-, así que había que mover.

Fui por la difícil, la que no recomienda nadie o recomiendan con varias salvedades las guías turísticas… Salir del aeropuerto -no en taxi que costaba 50 soles, propuesta sin comparación con los 2 soles del bus- teniendo como destino la avenida Javier Prado Este, la zona de la ciudad en la que se encuentran las terminales privadas de buses de larga distancia. Cada empresa tiene la suya para comprar y embarcar, incluso algunas tienen varios locales en relación al servicio que brindan. En la salida del aeropuerto me puse a hablar con dos pibes, mexicanos ellos de Yucatán, recién llegados como yo, con mochilas como la mía. Íbamos en busca de buses para ir a Cusco. Íbamos para casi el mismo lado de la ciudad. ¿Códigos? ¿identidad? ¿Lógica global de ciertos estilos viajeros? ¿cuestiones en común?. Algo de eso intuíamos los tres. Nos quedamos hablando en la parada -de viajes, de los lugares para parar en Cusco, me dijeron que querían viajar hasta Salta, también mencionaron a Jujuy, me preguntaron algo de como se dividen los territorios en Argentina- pero vino una bandada de buses y vans y terminamos tomamos micros diferentes -por eso de las diferencias de terminales- así que no pudimos ni despedimos. Quizá, por eso de las cosas en común, nos volvamos a cruzar en Cusco.
En esto no escamotié, fui por el servicio que parecía el mejor -ya lo venía siguiendo por la web-, aunque regatié el precio. Había precios en oferta pero para compra por internet. En el local el precio era otro. Terminé pagando el mejor servicio de la empresa CIVA -servicio que lleva un nada ingenioso nombre de “excluciva”-: promocionado por su asiento de “realmente bus cama 180 grados”. Lo probaré a la tarde cuando se inicie el camino a Cusco. Mientras tanto en la terminal hay wi fi que provee la empresa pero están bloqueadas las redes sociales. Facebook y el iPad hacen fuerza y algo dejan entrar para que puede ver.

imagePero vuelvo a ese viaje en bus desde las afueras del aeropuerto. Con un anuncio a los gritos, pero siempre muy cordiales, una mujer coequiper del chofer dijo las palabras clave: “todo Javier prado”. Para asegurame más le pregunté si iba para las terminales. No termine de hacer algo así como una pregunta o comentario para demostrar que sabía a donde iba, que ella ya tenía la respuesta. Como en muchos de los sistemas de buses en América Latina aquí también la gente sube y luego alguien pasa a cobrar. Ni bien subí, sumiso a las formas de contratación de micros que tenemos en Argentina o al menos en las zonas portuarias, me disponía a pagar e hice una pregunta boluda, como esas que delatan a un recién llegado:

– “¿es con monedas o con tarjeta?”

– “Con moooneeedasss”, me dijo riéndose la mujer (eso de la tarjeta lo leí en algún blog de viajeros y además el bus era bastante nuevo, no era una van por ejemplo que también había por montones, con lo cual me lleve cierta impresión modernizante).

En todo caso, son formas que se acoplan perfectamente: máquina-artefacto moderno con estrategias caseras y populares de información y seducción orales (esos gritos anuncios), visuales (un cartel que la mujer temía en la mano y lo movía en cada esquina convocando a la posible clientela) y auditivas (el ruido del chasquido de las monedas para que la gente pague el boleto, el golpeteo de una moneda contra el techo del bus)…. Pero esas estrategias discursivas también se fundan en adjetivos para las personas… Seño, linda, mamita, joven, caballero, caballerito…

Recién arrancado mi recorrido, a las  8:15 clavado un gran, grandísimo, embotellamiento en la panamericana a la altura del predio de la PUCP. Seguro todos los días es igual. Refilones ente autos, vans, motocicletas, micros y caminos. Todos se mandan. Ningún choque. Más de una hora hasta llegar a destino. Tiempo en el que subió mucha gente y se improvisaron paradas en varias esquinas, en curvas, a mitad de cuadra…. esa mujer y sus formas tuvieron mucho que ver. Lo previsible y lo imprescindible se dan la mano.  La mujer del bus me vio atento, ya llegaba el momento de bajarme. Igual muy gentil me indicó: “es la próxima”.

El plan de hoy es mover para Cusco. Allá me encontraré con mis compañeros de viaje en unos días. Allá estarán las montañas y las ruinas. Las caminatas. Más viajes. Ya tendré un momento grande en días para recorrer y conocer Lima. Eso es más adelante. Esto fue sólo una pisquita. Ahora me voy a un puesto de comida que vi en una esquina, a unas cuadras de la terminal, voy a probar alguna delicia culinaria callejera.

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